Desesperanza no es estrategia
Mi primera empresa fracasó al tiempo que mi abuela sufrió un ataque
Mi primera empresa, Cristalab, empezó a fracasar en el 2008, al tiempo que mi abuela materna, que me crió junto a mi madre desde que era un bebé, sufrió una isquemia cerebral. Ese mismo año, la crisis global financiera afectaría América Latina más fuerte que nunca.
Una mañana mi abuela se desmayó. Tras llamar a una ambulancia y escuchar al médico de emergencias, entendí que ella había perdido la mitad del control de su cuerpo y tendríamos que cuidarla a partir de ese momento. “Nuestras vidas cambiarán a partir de ahora, para siempre”, recuerdo haberle dicho a mi mamá, que siempre había liderado la casa y tomado todas las decisiones de nuestra familia. Pero ese día era la hija menor de una mamá que empezaba el camino hacia el fin. Por primera vez tuve la convicción de que las cosas habían cambiado y las decisiones clave de la familia estarían, en parte, en mis manos.
Mientras mi familia pensaba en cómo cuidar a mi abuela, Cristalab dejó de dar los ingresos suficientes para cubrir sus costosos servidores. Mi capital se fue a cero cuando mi familia más necesitaba de mí y no tenía planes B ni C. Yo nunca había sido empleado, había sido expulsado de dos universidades por dedicarme a mi empresa y no había construido ningún tipo de prestigio real más allá de ser un buen programador freelance en una época donde el trabajo de programar no pagaba tan bien.
Asumir lo peor es fácil. El camino más cómodo es esperar al momento ideal para actuar y evitar los riesgos. La recompensa es abrir los ojos un día y verte rodeado de amistades atascadas e insatisfechas que no quieren ver a otros lograr lo que ellos mismos no pudieron.
El problema es que eso fue lo que hicieron nuestros ancestros. Nuestra biología premia la supervivencia conservadora, no la valentía. Por eso muchos patrones de pesimismo se sienten “sensatos”, aunque te estén saboteando. A los valientes, el tigre se los comió.
Me obsesioné con optimizar mis gastos a un nivel absurdo, incluyendo ir al código de la web de mi empresa y reducir su uso de recursos al extremo. Mi desesperación por sobrevivir me llevó a descubrir soluciones técnicas únicas y a reducir la cuenta de servidores en casi 90%. Esa optimización de bases de datos y código me enseñó habilidades de ingeniería que cambiarían el rumbo de mi vida.
En ocasiones mi abuela pasaba varias noches en el hospital. En esas noches, yo iba a quedarme con ella, con mi viejo laptop blanco de plástico que ya se hacía obsoleto. Me propuse a hackear el restrictivo wifi del hospital de la época para poder trabajar y así adelantar la optimización de la web de mi empresa y encontrar un nuevo negocio.
Lo siguiente que hice fue usar mi comunidad de usuarios, mis conexiones con universidades y el conocimiento especial que desarrollé para empezar a ofrecer cursos de lo que había aprendido. Llamé una por una a las personas que mostraron interés en la página web y empecé poco a poco a llenar salones de clase que una universidad me rentaba. Armé cursos con diez personas, luego veinte, luego treinta.
Este es uno de los capítulos del libro CONTROL, la guía radical para dominar tu vida, tu futuro y tu riqueza. El libro ya está disponible en librerías de Colombia y México, Amazon Kindle. Pronto en tiendas de España y el resto del mundo, en físico en Amazon, Audible, Play Books y otras plataformas.
Los estudiantes llamaban a un teléfono que yo respondía, fingiendo ser otra persona para que no creyeran que el profesor era el mismo que atendía las llamadas. Escuché mucho rechazo, preguntas escépticas y personas que no entendían el valor de lo que ofrecía. Tuve que aceptar que no estaba logrando que entendieran el valor del curso y superar el no una, y otra, y otra vez, mientras mi abuela, en su cama de hospital, dormía.
Una de las lecciones clásicas de ventas es que el 80% de los cierres ocurren tras el quinto contacto, en ocasiones llegando hasta doce contactos antes de que la venta ocurra. Casi la mitad de las personas se rinden después del primer “No”. Para el cuarto “No”, sólo el 8% sigue en el juego.
El pesimismo es una colección de excusas para justificar la incapacidad de ejecutar y desanimar a quienes se atreven a crear cosas nuevas. El crimen de los pesimistas es arrastrar a gente inteligente al abismo de la inacción, fabricando mensajes que los hacen sentir parte de la élite por desacreditar las ideas de otros.
“Esa idea ya se intentó” es la crítica que, con orgullo, le hace un pesimista al idealista ingenuo que sueña con cambiar el rumbo del mundo. Si lo cuestionas, te dirá que no es más que un análisis intelectual, informado por su amplia experiencia.
“El problema es el sistema”, explican cuando fallan. Su mensaje permite atribuir los problemas a un mecanismo abstracto del que son víctimas, nunca a cosas bajo el control individual.
El realismo y el pesimismo se protegen mutuamente para destruir al optimista en su momento más vulnerable: el instante en el que decide actuar. Al pesimista lo alimenta destruir el optimismo de quienes quieren hacer cosas nuevas. Sus tácticas son apelar a la sensatez, la búsqueda del consenso completo, a seguir procesos y estudiar la factibilidad con cautela. Así, ahogan una mente brillante antes de que descubra que triunfar exige disfrutar la incertidumbre.
Recuerdo una llamada en la que expliqué a fondo las ventajas de la tecnología que estaba enseñando y los detalles del curso a una persona que preguntó muchas cosas para, al final, sin mucho más, decirme “no, yo paso, gracias” y colgarme sin darme más oportunidad de entender.
El tiempo que sentí perdido, tras la emoción de pensar que estaba ganando la venta, me hizo sentir estúpido. Pero a la siguiente llamada aprendí que hay muchos más clientes allá afuera. Un no, sea como sea, es el regalo de entender que ya no vas a perder tu tiempo. Como reflexión, es peor cuando las personas nunca dicen no y simplemente dejan esperando, pues le quitan al vendedor el tiempo que puede invertir en aquellos que realmente van a decir que sí.
¿Qué puedes hacer ante una sensación bloqueante de inseguridad? Tomar esa sensación en serio y, con calma, escribir qué es lo peor que puede pasar de forma matemática y racional.
Una mente pesimista pensará en escenarios ridículos donde pierdes la vida o le haces daño a muchas personas. Si le atribuyes una probabilidad realista a cada horror que se te ocurre, verás que el número para cada opción terrible se acerca a cero.
Lo que realmente puede salir mal, casi siempre, no es tan malo ni tan irreversible.
El pesimismo se derrota con simple lógica y probabilidad. Tus ideas no son ni buenas ni malas hasta que las pruebas. Las mejores ideas son locuras improbables o alguien ya las habría hecho realidad. Intentar llevarlas a la realidad les arrebata el triunfo a estos vampiros intelectuales.
Los pesimistas creen que esta estrategia de desesperanza es responsable. Ellos creen, con descaro, que aplacar el exceso de optimismo protege a la sociedad de despilfarros y tragedias. Si por ellos fuera, la humanidad seguiría en una cueva de la estepa africana, en la oscuridad, aterrada de enfrentar a sus depredadores.
La prudencia y el escepticismo pueden ser virtudes cuando las acompaña una curiosidad intelectual auténtica que te lleva a experimentar y aprender.
Un ejemplo de hacerlo bien es:
Revisar los números de lo que te cuentan
Solicitar la evidencia detrás de los datos que te dan
Preguntar el porqué detrás de las decisiones
Probar a una pequeña escala antes de hacerlo más grande
Aprender de tus acciones, sin importar su resultado, integrando lo que aprendes, causa progreso en tu día a día. Lo contrario es escuchar esas frases que te hacen sentir que la inacción es un camino aceptable.
Con cada idea que intentas, las probabilidades acumuladas de que alguna de tus pruebas funcione crece más de lo que crees: si cada intento tiene un 50% de éxito, tras cinco intentos, tu probabilidad de fallar es sólo del 3%. En otras palabras: seguir intentando y aprendiendo de los errores hace que tu éxito se vuelva casi inevitable.
El siguiente cálculo es evaluar qué tan fácil sería arreglar las cosas que pueden salir mal. Pocas cosas son tan irreversibles como nuestra mente nos quiere hacer creer.
La desesperanza es, en ocasiones, una justificación de la mediocridad. Cada artista exitoso tuvo décadas de ser ignorado. Cada empresa exitosa tuvo años de fracasos y humillaciones detrás. Este mismo capítulo fue modificado decenas de veces, y quizás volverá a serlo en el futuro.
Graba esto en tu mente: en la mayoría de los casos, lo peor que puede pasar es nada.
Este es uno de los capítulos del libro CONTROL, la guía radical para dominar tu vida, tu futuro y tu riqueza. El libro ya está disponible en librerías de Colombia y México, Amazon Kindle. Pronto en tiendas de España y el resto del mundo, en físico en Amazon, Audible, Play Books y otras plataformas.






Estoy casi terminando el libro y realmente debo agradecerte por traer este libro a nuestras manos a un precio tan bajo.
Gracias.
Me encata el libro, quiero tenerlo físico para releerlo de vez en cuando.
Muchas gracias.
Gracias Freddy! Por todo tú legado a la sociedad tanto los que te conocemos y los que aún no.
Con ganas de comprarlo y leerlo pronto.
Saludos desde Alicante, España.